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En
este mismo lateral, a sólo unos metros, una pequeña casa
de antigua estructura, nos traslada a la fábula
cervantina. Allí, cuenta la tradición, vivieron las brujas
de Montilla, Las Camachas, en este pequeño solar, que aún
conserva el halo mágico de épocas pasadas. Aquí, según la tradición
popular, vivieron las tres brujas montillanas inmortalizadas por
Cervantes en su novela ejemplar "El Coloquio de los perros".
En
la casa que figura con el número 4 de la antigua calle de Tarasquilla,
de creer a pies juntillas la tradición , vivieron las tres brujas
legendarias conocidas como Las Camachas. De entre ellas desta ca
el personaje histórico, controvertido y celestinesco de Leonor
Rodríguez "La Camacha" , de cuyas artes brujeriles
Miguel de Cervantes Saavedra hace continuas alusiones en "El
Coloquio de los Perros".
EL
viejo edificio de sólidos muros, recovecos, salas y galerías con struidas
en torno a un patio central, se mantiene, en un estado bastante
aceptable a pesar de la antigüedad de su construcción y de los
efectos de las persistentes lluvias. Esta circunstancia y la hospitalidad
de los vecinos que ocupan la vivienda, permiten al ocasional visitante
el acceso a las viejas estancias, sótanos y corredores situados
en distintos niveles respecto del edificio principal del inmueble.
La
historia sobre la que Cervantes centra su novelesco relato, bien
pudo ser escuchada personalmente por el propio escritor durante
su estancia en Montilla, en los últimos años del siglo XVI. Miguel
de Cervantes recogería del comentario popular, la historia de
la bruja juzgada por el Santo Oficio, posiblemente aumentada por
la exageración y la maledicencia. En su famosa novela ejemplar,
el escritor describe a Leonor Rodríguez "La Camacha"
con ajustadas expresiones que definen inequívocamente a la bruja
alcahueta, celestina y proxeneta: " La más famosa hechicera
que hubo... tan única en su oficio que las Eritos, Circes y Medeas
de quienes están las historias llenas, no la igualaron; la que
remediaba irremediablemente doncellas que habían tenido algún
descuido en guardar su entereza, cubr¡a a las viudas que con honestidad
fuesen deshonestas, descasaba a las casadas y casaba las que ella
quería".
Al
mismo Mesón de la Camacha, que, como se ha dicho, la tradición
popular sitúa en la vieja casa de la calle Tarasquilla, acudió,
don Alonso de Aguilar, un hacendado de la familia del marqués
de Priego, para solicitar de las brujas sus celestinescos oficios
con el fin de seducir a una dama montillana llamada doña Mayor
de Solier. Al parecer, las hechiceras lograron embaucar a la dama
quien, al poco tiempo, según refiere Cobos, "comenzó a dar
señales inequívocas de incipiente maternidad". Doña Mayor
aseguró a su madre que el embarazo no era sino consecuencia de
la hechicería de Las Camachas y denunció el caso ante la Inquisición.
No obstante, "merced a las gestiones de don Alonso y para
evitar un escándalo mayor, la violación fue disfrazada
de brujer¡a" .Segun se refiere en el proceso inquisitorial,
la joven fue sorprendida desmayada en una de las habitaciones
de esta casa, al ver a don Alonso transformado por artes de encantamiento
en forma de hermoso caballo. La historia bien pudo haber ocurrido
de forma muy diferente, hasta el punto de haber sido la propia
madre de doña Mayor quien solicita la ayuda de las brujas
para cautivar al joven rico y convertirlo en marido de su hija.
De una forma o de otra, de aquellas desafortunadas relaciones,
nació Pedro Ximénez, quien fue más tarde
reconocido y legitimado, adoptando el nombre de Gonzalo Fernández
de Córdoba y Aguilar. Su padre, don Alonso, murió
en la batalla de Alcazarquivir, donde desapareció el rey
don Sebastián, en agosto de 1.578.
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